Distopía (III)

Publicado: mayo 16, 2017 en Uncategorized

Lo ocurrido a principios del siglo XX en la explotación de la goma, Hevea brasiliensis, todavía no ha sido suficientemente internalizada por los habitantes de la floresta. Si la hubiéramos hablado y discutido, seguramente, tendríamos un mejor horizonte, a pesar de los problemas que nunca terminan. Lo importante es lidiar con los problemas y buscar alternativas, no quedarnos resignados ante él. Una de esas patologías es el centralismo – que ha sido citada en la crónica anterior, pero parece que a nadie incomoda ni a los más levantiscos. Recordemos que el centralismo se observa gráficamente en la división político- administrativa de la región que obedece a otra geografía social y humana – igual situación ocurre en la región andina, pero lamentablemente, tampoco hay una propuesta desde este lado de la selva. Otro de los puntos críticos de la distopía que dejó la explotación del caucho ha sido nuestra relación con la floresta y los recursos naturales. Es una relación, por decir lo menos, poca armoniosa. Está siempre en conflicto (¿serán los conceptos civilización vs barbarie en tensión o en pugna en nuestras mentes?). Miramos a la selva como el área a la que hay que entrar para saquear, explotar y luego irnos como si nada hubiera ocurrido (es una imagen muy viril y de macho alfa), es decir, que pesa el imaginario de la selva como un espacio vacío. Esta idea hegemónica del espacio vacío de la floresta ha acarreado que en las ciudades amazónicas (también fuera de ellas) no se haya podido articular una propuesta sobre el uso de los recursos naturales. Sobre el uso de los recursos naturales, por ejemplo, se ha desdeñado el saber local de muchos integrantes de pueblos indígenas que día a día trabajan con ellos o de poblaciones de inmigrantes que han poblado la selva. La respuesta al espacio vacío ha sido la de construcción de hidroeléctricas, carreteras de penetración, transporte modal (sin los estudios de impacto ambiental) entre otros yerros del desarrollo. Lo trágico de esta historia es que seguimos equivocándonos.

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