Ensayo sobre el despojo

Publicado: septiembre 22, 2019 en Uncategorized

A raíz de un incidente personal y cotidiano del ejercicio de la violencia de un mal vecino, me guardo los insultos para otra oportunidad y en otro foro, he estado dándole vuelta al significado de despojar. Me he dado cuenta que el despojo forma parte de nuestra gramática personal y del día a día. He huroneado que inclusive hay toda una producción antropológica sobre el despojo. Para delimitar un territorio, de alguna manera, tenemos que lidiar con el despojo, ya sea de lejos o muy de cerca. Aunque los despojos no sólo están relacionados a los derechos de propiedad o del ejercicio de la posesión, traspasan a estos. Me interesan más los habituales, de lo que vivimos todos a lo largo de nuestras vidas, de aquellos que apenas se sienten y que nos damos tiempo después de esa violencia. Una de las primeras acepciones del significado de despojar del diccionario de la RAE es “el de privar a alguien de lo que goza y tiene, desposeerlo de ello con violencia”. En verdad, que este significado tiene mucha miga así como lo que podemos entender por violencia. Como señalaba, vemos que a lo largo de nuestra narrativa personal hemos tenido despojos algunos muy evidentes y otros más sutiles e invisibles, casi ni se detectan. Por ejemplo, la bulla en Isla Grande es un acto de despojo, se priva de la tranquilidad, de una vida saludable a través del ruido que es una suerte de violencia. Es más, en muchos casos se ha aceptado con resignación. Aunque nadie lo valora en la dimensión de un despojo, la tranquilidad, desgraciadamente, es un valor venido a menos. Hay un concepto de ciencias sociales que nos puede ayudar a entender mejor que es el de las “preferencias adaptativas”, es cuando la gente define sus puntos de vista alterando su preferencia través por cosas que la sociedad ha colocado fuera de su alcance, o sin formar esas preferencias, así lo reseña la filósofa Martha Nussbaum, que para el caso de Isla Grande el bien de la tranquilidad ha sido alterada por la bulla y los insulares las han digerido o tragado como normal la batahola. Nos adaptamos sin más como suele suceder con los despojos diarios, que lo vemos y sentimos, pero que es mejor negarlo para aliviarnos.

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Lágrimas de aceite

Publicado: septiembre 20, 2019 en Uncategorized

https://www.naranjasdehiroshima.com/2019/09/lagrimas-de-aceite.html

El pájaro carpintero

Publicado: septiembre 19, 2019 en Uncategorized

Cuando esclavizas a una persona, también esclavizas a las de delante y detrás
James McBride

Cuando trabajaba y trabajo investigando sobre el período cauchero en el libro del magistrado Carlos Valcárcel – personaje a quien la poeta Ana Varela ha seguido sus huellas y cuyas pesquisas se publicaran pronto, se menciona la famosa rebelión de Katenere, líder del pueblo Bora o Uitoto. El cónsul Casement también cita algo de la rebelión y, curiosamente, las aproximaciones hechas por antropólogos e historiadores locales pasan muy por encima, algunos ni lo citan, seguramente, razones tendrán ¿es la acaso la forma de hacer historia? La rebelión de Katenere en pleno horror del Putumayo tiene un gran significado que ha sido desdeñado por cierta bibliografía y por cierta manera de hacer historia. La literatura regional y nacional tampoco se ha acercado a esta rebelión, al contrario la han silenciado. Hubiera sido interesante recrear esta rebelión donde uno de los protagonistas eran las personas mayores y el manguaré. En la historia de la migración china se cuenta de una rebelión en la parte norte de Perú, pero, otra vez, la literatura peruana apenas se acerca a estas rebeliones; una gran novela sobre rebeliones es “La guerra del fin del mundo” de Mario Vargas Llosa. Estas ideas me venían mientras leía “El pájaro carpintero” de James McBride. He gozado de principio a fin con la novela, está sazonada con buen humor y sutiles reproches a quienes no creen en la causa contra el racismo, los propios negros que preferían ser esclavos que asumir riesgos. McBride con gran estrategia narrativa nos acerca a la vida y la insurrección de John Brown, un blanco abolicionista que se sublevó contra el racismo en Estados Unidos. La historia es una parte de la vida de Brown contada por Henry Shackleford, “Cebolla”, un niño de diez años que se incorpora forzosamente al comando de Brown después de una balacera en la que muere su padre y a quien Brown bautiza como Cebolla y cree que es una niña. El cambio de género le ayuda a sobrevivir en territorio hostil. En los peregrinajes por Estados Unidos, el Cebolla acompaña a Brown por diferentes ciudades y palpa en primera fila el ánimo abolicionista en los Estados de la unión. También conoce a grandes abolicionistas negros como Frederick Douglass, el encuentro con él es chispeante y risueña – se desacraliza a esos héroes bajándolos al suelo. Me parece que McBride nos revela las pistas para abordar una rebelión como Katenere. Ojalá.


Jorge Nájar/ Foto: JE Harrington

Jorge Nájar (Pucallpa, 1946). Transcurrió su infancia y adolescencia en diferentes ciudades de la Amazonía. En 1964 se trasladó a Lima donde entró en contacto con la vanguardia literaria y singularmente con los jóvenes poetas que integrarían el Movimiento Hora Zero. Ha sido ganador del Premio Copé de Oro 1984. En 2001, con Canto ciego, ganó el Premio Juan Rulfo de Poesía convocado por Radio Francia Internacional y la Maison de l’Amérique Latine. El Fondo Editorial de la Universidad Federico Villarreal ha publicado en el 2013 su Poesía Reunida. Ha seleccionado y traducido una antología de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa (Pontificia Universidad Católica del Perú, El Manantial Oculto, Lima, 2003), Conocimiento del Este de Paul Claudel (PUCP, El Manantial Oculto, Lima, 2008), y la obra Narrativa Francesa de Ventura García Calderón (PUCP, Obras Esenciales, Lima, 2011). En narrativa ha publicado: Penúltima Odisea y otras ficciones (Ediciones San Marcos, Lima, 2007). Vallejo y la célula non plus ultra (Ediciones Altazor, Lima, 2010). El Alucinado (Editorial Summa, Lima, 2013). El Árbol de Sodoma (redición Editorial Summa, Lima, 2014). César Vallejo, La vida bárbara (Sinco Ediciones, Lima, 2019). Su más reciente publicación en poesía, Finibus terrae y otros poemas, ha aparecido este año en ediciones Tierra Nueva, Iquitos.

1. ¿Cómo confrontas en tu escritura tu relación con la Amazonía?

Cuando publiqué mi primer libro, Malas Maneras, en 1973, incluí poemas en los que expresaba mis preocupaciones y opciones ante lo que es la voz poética. En poesía, la voz, creía y sigo creyendo, es mucho más, pero muchísimo más importante que las temáticas y los afincamientos. Es la clave. Un poeta sin voz propia tal vez sólo llegue a ser un escritor. Dicho eso, señalo que en uno de los poemas de ese primer poemario evoco a mis abuelas. Esas señoras se expresaban en una fusión de castellano y quechua de la región Rupa-Rupa como dicen los geógrafos, o sea el quechua de Chahapoyas y Moyobamba. Y llego incluso a pedir que en mi voz resuenen esas entonaciones. Todos sabemos que entre una palabra y otra hay mundos. Esos intersticios tienen que ver con el universo primigenio de cada quien. En otro poema del mismo poemario, evoco a un Asháninka que vivió y falleció en la casa de mi abuela, hija de un patroncito cauchero por las orillas del Amarumayo, en Madre de Dios. Y si mal no recuerdo cierro el poema invocando que su mundo, el mundo de ese anciano, perviva en mi voz. Hay otro poema en el que la voz poética cuenta, habla, reza por la supervivencia de un mitayero Shipibo. Esa fue mi confrontación inicial. Y no me he movido de ese punto. Ya lo dije en otras oportunidades, yo soy nieto de caucheros, y el hijo de un maderero. Nieto de señoras que poseían el quechua como lengua primera. Y por lo mismo he vivido y crecido en numerosos campamentos. Quiero que en mi voz siempre resuene el habla y el mundo de la gente con la que yo me hice a la vida.

2. ¿Qué piensas de la Amazonía cuando escribes sobre ella? ¿Cómo la representas en tu trabajo creativo?

Repetiré hasta la saciedad que para mí la prosa y el verso forman parte del mismo combate. Cuando escribo poesía me ubico dentro de ella misma -su tradición, su historia, sus formas- para desde ahí hablar de mi relación con el mundo con la entonación que ya señalé. ¿La belleza? Es el sueño. Es el instante ideal al que todos los poetas esperan llegar.
En el caso de la novela, singularmente en El árbol de Sodoma, he recurrido a la estrategia de crear una urbe, Mayushín, para desarrollar dentro de ese espacio el drama de los personajes en una Amazonía polifacética y en un acelerado proceso de extinción del mundo rural. Incluso los dioses amazónicos de las aldeas ribereñas son trasladados a ese centro urbano, fusión de algo de Iquitos, Nauta, Contamana, Pucallpa y otros.
Y así llegamos al meollo de la pregunta. ¿Se puede crear ficción ceñidos estrictamente a la realidad amazónica? Quiero creer que hacia eso apunta esta pregunta. Es cierto que en narrativa es precioso fijar una topografía, un espacio, unos escenarios dentro de los cuales evolucionen los personajes. Pero unos y otros no tienen por qué ser necesariamente calco y repetición de la realidad. Se puede crear una “realidad” paralela. Es la responsabilidad de todos y cada unos de los escritores: hacer que la ficción termine siendo la caja de resonancia de esas realidades múltiples. Nadie le pide ni más ni menos a un escritor de ficciones. Conseguirlo es el desafío. Trabajar día a día hasta conseguir belleza es una tarea de locos. Pero en ese camino reside todo el placer.
En mi novela El alucinado he trasladado al nieto de un cauchero e hijo de un maderero a las orillas del Sena, y en su recorrido hacia las fuentes de ese río para cumplir con sus propósito, cruzando París, evoca los ríos del planeta en los que se hizo a la vida. Se trata de un personaje alienado por la vida urbana y que en busca de sosiego a lo largo de esa peregrinación recrea sus orígenes. He pretendido que en el contraste de esos mundos emerja la belleza. Me dice su primer editor que la novela se ha agotado.
Lo que quiero decir es que yo no soy un imparcial. Yo también soy Shipibo. Yo también soy Ashaninka. Yo también soy Omagua. Un Huitoto. No es una disculpa sino una afirmación. En los años 50 del siglo pasado fuimos a la escuela juntos. Hemos crecido juntos en el conglomerado urbano levantado en lo que fue uno de los espacios más importantes del Universo Shipibo -y eso hasta antes de la llegada de la carretera central a las orillas del río Ucayali. Hemos trabajado juntos en la shiringa y la extracción maderera. Si bien ahora vivo en Francia, el rostro de Ronin impera encima de uno de los muebles de mi casa. Es un pequeño ceramio con el rostro de ese dios en primera plana. En la misma sala de casa luce un cuadro pintado por el genio creador de Gino Ceccarelli: una abstracción de la cosmogonía amazónica. Ahí están el cántaro y la luna envueltos en una noche luminosa por la osatura de lo que podría ser la serpiente cósmica. Y sobre la mesa siempre están los tejidos amazónicos. Y, para evitar más petulancias, no voy a entrar en los detalles sobre los libros relativos a ese mundo que habitan en mi biblioteca.
Donde sea que me encuentre, el mundo amazónico está conmigo.

3) ¿Qué libros o artefactos de arte (cine, fotografía, pintura, teatro, etc.) influyen en tu trabajo sobre la Amazonía?

Todos. Absolutamente todos. Pero sobre todo soy un admirador e incluso consumidor de todo el arte venido de otros confines. Ya dije que mi biblioteca está poblada de libros sobre la Amazonía. Agrego que junto a ellos, cohabitando, están los relativos al África, Asia, Oceanía. Mi devoción lectora apunta a esos mundos. Escucho las entonaciones de los mariris en cada amanecer. Escucho música africana por la tarde. Y por la noche me sumerjo en la del Asia. Así escribo. Así leo. Y en las pausas me sumerjo en la prensa. Tengo siempre presente a esa transcriptora de los aconteceres cotidianos.

4) En tu trabajo literario, ¿Cuál es tu visión futura de la Amazonía? ¿Un espacio nacional, transnacional? ¿Cómo se puede percibir esta visión en la literatura peruana actual?

Yo no sólo he escrito poesía y ficción. Tengo un ensayo llamado Contra la barbarie de pronta aparición en el que analizo algunos pilares de la poesía y la literatura amazónica. Me dicen que entrará en circulación el próximo mes. No me olvido de los “indios civilizados” responsables, muchos de ellos, del primer genocidio del siglo XX y de las otras situaciones de expolio que se sucedieron. Es un trabajo de orden socio-antropológico en el que, me parece, queda en claro quiénes somos los bárbaros en el largo proceso de estandarización al que asistimos. Y en el que destaco lo que fueron las llamadas Cumbres Amazónicas en la toma de conciencia de una identidad pan-amazónica.
En otro ensayo pongo en evidencia la necesidad de una nueva ruralidad para contener la desertificación de la vida ribereña; es una alternativa política de desarrollo y de preservación de los recursos indispensables para la conservación de El sabor amazónico. Ese trabajo todavía está inédito. Su nervio central rastrea la fusión de sabores exógenos y endógenos hasta llegar al punto de los sabores de nuestros días. El estudio va acompañado de un muestrario gastronómico, y, al final, de un léxico, madre, quién sabe, de un futuro Diccionario Gastronómico del Mundo Amazónico. En lo que concierne a las visiones de futuro, y contrariamente a lo que muchos piensan, los sabores del “colono” siempre terminan adaptándose a los sabores de nuestros antiguos abuelos, simplemente porque la tradición y los productos naturales de la tierra son los que mandan.
Así y todo, queda claro que todo apunta hacia lo transnacional.
También en literatura. Las metáforas-símbolo (runamulas, yaras, pishtacos, yacurunas, tunchis, shapshicos, barcos encantados, ciudades sub-acuáticas, bufeos colorados, etc) nos han tomado la delantera pues resulta que dichos símbolos -que muchos suponíamos creados por los pueblos originarios de las diferentes cuencas y ecosistemas amazónicos del Perú- actúan con parecidas características pero con nombres diferentes en otros espacios de Colombia, Brasil, Venezuela y Bolivia. Ellos han sido pan-amazónicos antes que nosotros. Se ve esto también con nitidez en el caso de la pintura y la música. Se ve lo mismo en la gastronomía. El estómago tiene un alma, dicen y yo lo confirmo. El alma amazónica existe donde sea que se encuentre este individuo.
Por otro lado, cerrando el angular, en diferentes puntos de este horizonte persisten, persistirán historias terribles en los llamados micro-espacios. Tal el caso de los problemas que engendra la globalización ayahuasquera. En el mundo tal vez haya más consumidores de ese brebaje que lectores de literatura amazónica. Para terminar, he de repetir lo que ya dije lo que soy. Lo soy en la medida en que somos lo que somos por el ambiente cultural en el que nos hacemos a la vida. Mi padre que había aprendido la lengua shipiba, en numerosas oportunidades me rogó que yo también lo hiciera. Absorbido por otras curiosidades, nunca invertí la fuerza de voluntad necesaria para conseguirlo pese a que crecí rodeado no sólo en la escuela, también en los diferentes campamentos madereros en los que coincidimos durante largas temporadas. En numerosas oportunidades he estado en Paoyan, he vivido en Contamana, Roaboya y en Tiruntán, localidades todas que antaño fueron verdaderos núcleos de la población shipiba, inmersas ahora en el larguísimo proceso de etnogénesis.
¿Digerir la alteridad?, se interrogan no pocos. Pero yo les recuerdo que muchos de ellos -shipibos, cocamas, aguarunas, tikunas, etc.- si no están ahora trabajando en la enseñanza, en la policía, en el servicio médico o en los diferentes estamentos de la administración pública, son empresarios, extractores o comerciantes de los productos regionales. Agrego que todo ese mundo se halla en medio del Apocalipsis. Quizá entre algunos de los individuos a los que aludo está el poeta, el narrador, el filósofo que se lanzará pronto a describirlo, si no está ya sumergido en esa tarea. Hay que recordar también que ante la carencia de políticas estructurantes de la sociedad amazónica, muchos han caído en el bandolerismo. Pero ellos no son otros, como muchos pretenden. Ellos son nosotros mismos. Retratar todo eso tal vez sea la novela del futuro.
Sea esa la esperanza.
Aunque no existen librerías en el mundo amazónico, sea esa la ilusión. Aunque solo hay efímeros promotores que invierten en la creación literaria, sea esa la ilusión.
Hay ferias y más ferias, y escritores que van de una a otra a exhibir sus libros editados por ellos mismos, y que poquísimos lectores compran.
Eso también es parte del Apocalipsis. Habría que hacer más bien un poderoso documental profundamente realista que nos denuncie a todos.

JORGE NÁJAR.
28 / 04 / 2019

https://notasdenavegacion.wordpress.com/2019/09/11/huellas-ecologicas-en-la-escritura-de-la-amazonia/

Equipaje de viaje

Publicado: septiembre 17, 2019 en Uncategorized

Leía una vez que del equipaje de los viajeros o viajeras se podría rescatar un rico filón literario. Recuerdo que en mis viajes por el ríos amazónicos me apertrechaba de material de comida, mosquitera, repelente, y como no, muchos libros, estos eran los que más pesaban, claro todo este material del equipaje de viaje recibía las mordientes ironías de mi madre, que era mucho más práctica para viajar, me decía que de repente me estaba mudando y que llevaba mucho para unos pocos días de viaje. Las puyas las aguantaba estoicamente. Por lo general, para los viajes alquilaba literas para descansar mejor y poder leer, al menos en teoría, en el día se padecía de un insoportable calor y en las noches la bulla del motor estaba casi en la litera, por más tapones que te ponías en los oídos. En verdad, era toda una aventura que empezaba en el Puerto de Masusa o en el denominado el “Huequito”, sí, con todas las connotaciones que tiene el nombre. A ratos leía, borroneaba en mi libreta (de esos apuntes han surgido algunas historias para novelar) y observaba a los otros viajeros, como se dice ahora, había salido de mi zona de confort y los viajes eran todo un reto para mí mismo. Llegué a prestar libros a condición que lo leyeran en el barco y en la litera porque temía que no los volviera a ver. Eran viajes que lindaban con la precariedad, seguro que ahora han mejorado mucho: iban con mucha carga en las bodegas, la cantidad de pasajeros era superior a lo establecido, los capitanes de barco salían cuando querían – de un momento a otro te cancelaban el viaje hasta el día siguiente. En mis tiempos no existía esa serpiente de cemento que es la carretera Isla Grande- Nauta, el viaje en barco duraba alrededor de doce horas, con sus más y sus menos. Pero más que mi equipaje lo que me llamaba la atención era los equipajes de los viajaban. Algunos solo llevaban una hamaca y el equipaje de mano. Algunos con ingente mercadería que la custodiaban con mucho celo. Los que generaban mucho reconcomio eran los ataúdes como equipajes, casi nadie los quería transportar. Los capitanes se ponían muy duros. Otros viajaban con niños y parte de la familia, eran más complicados sobre todo el de vigilar a los niños en esas travesías, ellos y ellas recorrían todo la eslora del barco en un pispas. Los equipajes de viajes.